Un buen amigo (al cuál no mencionaré, no quiero que me pateé por todo lo que le hecho) me dijo que si quieres sacar lo que te carcome es mejor escribirlo porque la escritura no duele tanto como tener que hablar, implica un esfuerzo también pero puedes corregir los errores, no como en la vida."Calla" grita la propia mente y los labios obedecen automáticamente. "Basta" exclama la mente y los labios no hacen caso.
Palabras bañadas de reclamos; gritos aderezados de enojo. Contestaciones que no deberían ser dichas a preguntas que no deberían ser formuladas. Batallas libradas en la imaginación pero que en la realidad son tan mudas que hieren más.
Miradas furtivas; ojos evasivos; movimientos innecesarios para evitar roces no deseados. Cordialidad de extraños. Esa es la vida cotidiana en la casa.
Desayuno. Comida. Cena. Rituales siempre llevados a cabo, que lejos de ser tiempo de compañía, son de hastío. ¿Quién dijo qué? ¿Cómo dijo qué? ¿Cuándo qué? ¿Qué? ¿Qué? Y todos enmudecen y sólo se miran mientras algo adentro grita y se retuerce.
"Hasta aquí" y entonces una quimera se libera. Las palabras salen a borbotones sin que nadie las pueda controlar. No importa a quién hieran, ni el tono en el que se digan, lo importante es que son verdad. Ya no soy muda. Ya no hay un "Calla" ahora es un "No, maldita sea he dicho que no" y eso es liberador.
No me malinterpretes no me gusta la gente que se queja y no hace nada para cambiar. Odio a la gente que se atormenta con su familia -lo admito, también fui así- pero eso cambió. Porque soy yo por lo que soy, sé cuanto valgo y no tengo porqué demostrarle nada a nadie.